democracia participativa

La evolución de la democracia

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Vivimos en una sociedad un tanto extraña. Por una parte hemos aceptado un modelo democrático que nos ha sido impuesto por las circunstancias coyunturales de una época en la que muchos de nosotros no habíamos sido ni engendrados. Hemos escuchado infinidad de veces las batallitas de los padres de la constitución, de la conquista de los derechos sociales, algo acerca de un pacto para adoptar a un monarca como jefe de estado y que evitó que fructificase un golpe a la recién estrenada democracia. Sin restar la merecida relevancia del impacto que esos eventos tuvieron en nuestra sociedad, ello no justifica que debamos cerrarnos en banda a mejoras de esta “herencia recibida” ya que de ser así todavía utilizaríamos el ábaco para realizar operaciones matemáticas. En cualquier caso vemos como natural un modelo al que nos hemos acostumbrado.

Por otra parte quienes intentan ir más allá y procuran mejorar este sistema, con sus virtudes y deficiencias, como mínimo reciben la calificación de friki en el sentido más peyorativo. Pero lo más extraño es que se está viendo que no sólo son más críticos con las iniciativas emergentes aquellos que ven peligrar su trono de oro, diamantes y huesos humanos, sino que vivimos estupefactos ante un fenómeno en el que quienes se quejan del sistema también lo hacen de quienes escuchan esas quejas y las transforman en voluntad por el cambio. Parecen sufrir de un alarmante síndrome de abstinencia o incluso de Estocolmo. Inaudito.

En la sociedad podemos convivir en distintos grados de democracia. Desde el extremo de una dictadura pasando por una oligarquía, al modelo representativo actual, pasando por una democracia participativa y llegando a la democracia directa situada en el extremo opuesto.

Si nos centramos en los extremos observamos claras ventajas y desventajas. En lo referente a la dictadura la principal desventaja sería la falta de justicia: uno manda el resto obedece. Pero tiene una ventaja que no debemos subestimar que consiste en la agilidad en la toma de decisiones: uno manda y no hace falta perder tiempo en debates, enmiendas, ni votaciones, se obedece la orden sin rechistar y en cuestión de minutos u horas se ejecuta.
Por el lado contrario, la democracia directa es el sistema de mayor justicia pero sin embargo es el más lento en cuanto a toma de decisiones: cualquiera puede realizar propuestas, deben ser clasificadas para evitar duplicidades de esfuerzos e incoherencias, hay que dar forma a las propuestas ya que normalmente quien las propone no sabe muy bien qué es lo que hay que hacer para llevarlas a cabo, hay que debatirla durante un tiempo razonable para que todos puedan participar, hay que disponer un periodo de votación razonable, y finalmente se debe ejecutar siempre con el riesgo de que tras otra votación se revoque.
De un extremo a otro tenemos un abanico de modelos en el que la justicia es inversamente proporcional a la agilidad en la toma de decisiones. No obstante hay que ser conscientes que si consideramos como principal objetivo de un gobierno el de beneficiar al bien común, ningún sistema puede garantizar que las decisiones tomadas, ya sea por una sola persona o por todo el conjunto de la sociedad a un mismo tiempo, sirvan para mejorar el sistema. Pero no cabe duda que ante una decisión errónea es más justo repartir el mea culpa entre todos los ciudadanos que no responsabilizar a unas pocas personas.

Antes de proseguir aclarar que existen varios términos para el extremo de la participación: democracia directa, democracia participativa, democracia líquida, democracia 2.0… Para quien escribe estas líneas la democracia participativa es un tipo de democracia representativa pero con mejores herramientas para la participación ciudadana, es decir, se escoge a uno o varios partidos que gobiernan pero existen herramientas como referendos o posibilidad de revocar leyes o gobiernos mediante votación popular. El resto de términos los agruparía en el término democracia directa en la que los ciudadanos deciden absolutamente todo mediante votaciones y existen unos portavoces cuyo cometido es el de garantizar que el sistema funcione según las normas acordadas y el de la labor ejecutiva: el pueblo decide y el gobierno ejecuta su voluntad.

Bajo esa premisa, si en un mismo sistema conviven ambos extremos, un sistema más cercano al extremo dictatorial destruye con mayor rapidez que lo que tarda un sistema participativo en reconstruirlo. En mi opinión ese hecho junto con la pasividad, sumisión, miedo y falta de iniciativa propia en la que hemos sido moldeados desde nuestros centros de estudio hasta nuestros centros de trabajo es el motivo por el cuál movimientos como el 15M tardan tanto en dar su fruto frente a los sucesivos gobiernos que hemos tenido.

Y después de años (se dice pronto) de intentos fallidos, de ensayo y error, de esfuerzo y talento quemado, y de gritar y resistir al fin emerge una alternativa política cuya iniciativa parece haber conectado con buena parte de la sociedad harta y desengañada que ha abierto los ojos después de un gran periodo de letargo. Y lo han logrado con un discurso basado en verdades “populistas”, pero verdades al fin y al cabo, dejando claro desde un primer momento su orientación hacia un modelo participativo, y haciendo un hábil uso de las mismas herramientas de sus antagonistas: los medios (propagandísticos) de comunicación.
Es llamativo como quienes deslegitimaban el clamor de los ciudadanos en las plazas intentan ahora deslegitimar también el gran estallido democrático ocurrido el pasado 25 de mayo. Pero esto era de esperar, lo que no acabo de comprender es que a pesar de llevar tanto tiempo demandando mejores herramientas participativas para, desde la iniciativa ciudadana, poner freno al abuso y la corrupción y para poder revocar gobiernos que han mentido descaradamente en sus promesas y programas electorales, y ahora que emerge un atisbo de esperanza en ese sentido, algunos de los defensores de la democracia participativa bombardean con todo su arsenal cualquier decisión o forma organizativa que se quede corta desde el punto de vista del extremo de la democracia directa. ¿Acaso podemos alardear de ser una sociedad tan madura como para que de la noche a la mañana despertemos bajo el manto de la representatividad y pongamos en práctica ese extremo de participación? Quizá algún día, pero no hoy. Todavía queda mucho terreno que preparar y ya estamos pensando en poner el tejado.

Una sociedad humilde y honrada que ansía una democracia más participativa debería dejar de lado su ego y orgullo y actuar al unísono como lo hacen las plaquetas ante cualquier fisura. Suficiente trabajo hay con contener a quienes se oponen a alejarnos del extremo opuesto del abanico democrático como para competir para llevarse un trofeo imaginario en la meta de la democracia participativa. Hasta que no comprendamos que no se trata de una carrera de velocidad sino de resistencia en la que el mérito está en llegar aunque no sea el primero no substituiremos el verbo competir por el de colaborar.

Llegados a este punto, estimado lector, toda opinión que merezca lo aquí expuesto es totalmente respetable pero como parte de nuestra sociedad es el momento de preguntarnos: ¿Permanecer o avanzar?

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