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El Conservadurismo político y la tolerancia hacia comportamientos transgresores.

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El Barómetro Global de la Corrupción 2013 señala que la corrupción afecta a España en los tres poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial). Los Servicios Públicos (Educación, Sanidad) y los cuerpos de funcionarios, muestran unos resultados de falta de corrupción equiparables a los países nórdicos, con apreciable ventaja sobre Italia y Francia. Es un tema preocupante y puede resultar engañoso. Tratado como si fuera un espectáculo, es fácil desvincular a los actores de las formas en que la transgresión funciona en la sociedad.

La corrupción desde la perspectiva psicológica se sitúa dentro del amplio espectro de comportamientos transgresores. Cuando los individuos se ven enfrentados a los procedimientos legales o burocráticos diseñados por el Estado, la corrupción se puede poner de manifiesto. Pero no se trata solamente de un fenómeno asociado con delincuentes, compete al ámbito transgresor de la relación que establecen individuos y grupos, con el sistema normativo formal (normas jurídicas) e informal (convenciones sociales). La transgresión a las normas se desencadena cuando las personas se enfrentan con un dilema moral entre los deseos personales y las restricciones sociales. Ciertas variables mediadoras (ideológicas y/o motivacionales) llevarían a las personas a interpretar las normas y situaciones de una manera particular, en la cual se justifica la transgresión de las mismas y se le interpreta como algo “socialmente” aceptable, sin apelar al ámbito público del consenso. Transgredir una norma, en el cálculo racional de costo-beneficio puede ser sólo cuestión de si ésta responde o no a los intereses particulares. Si una norma es muy compleja o muy ambigua, será más sencillo para las personas (re)interpretarla d modo que pueda ser transgredida (Shannon, 2000). No obstante, las personas obedecen las normas, no sólo por motivos utilitaristas sino también por motivos colectivistas; en la medida en que las convenciones sociales y las instituciones facilitarían la convivencia, la interacción y la comunicación entre los individuos que conforman una comunidad. Las normas o convenciones sociales poseen una finalidad, una función adaptativa en la medida en que minimizan el conflicto y promueven la cooperación entre los seres humanos.

Por una parte, el deseo autoritario como consecuencia del temor hacia el desorden social, nos lleva a pensar que las personas con una marcada tendencia hacia el autoritarismo serían menos proclives a aceptar la violación de las normas. Es más, los individuos fuertemente identificados con el endogrupo, (partido, sindicato, empresa…) creen que la adhesión a las normas es muy importante y sancionarán por ello, a aquellos que pongan en peligro la conservación de las mismas. Así, los individuos con una mayor tendencia hacia el autoritarismo de ala derecha, serán personas más “socialmente obedientes”, acatarán las normas y las convenciones sociales y por lo tanto, manifestarán una menor disposición hacia la transgresión de las normas propuestas por las autoridades percibidas como legítimas. Por otra parte, la tendencia hacia la dominancia social que se muestra relacionada con el deseo de poder, bajos niveles de preocupación por los demás y bajos niveles de altruismo (Pratto, Sidanius, Stallworth y Malle, 1994) nos llevaría a suponer que, las personas con mayores puntuaciones en dominancia social, serían proclives hacia ciertos comportamientos transgresores (Sidanius y Pratto, 1999).

Aparentemente ambas actitudes predisponen a los individuos hacia tendencias opuestas: una mayor tendencia hacia la dominancia apoyaría ciertas formas de transgresión, mientras que, por el contrario, una mayor tendencia hacia el autoritarismo defendería las convenciones sociales, rechazando por ello la transgresión a las normas percibidas como legítimas. Ahora bien, la relación señalada por el estudio de Rottenbacher y M. Schmitz entre la dominancia social y los mayores niveles de transgresión se establece en la medida en que estas normas son percibidas como obstáculos o limitaciones para la dominancia endogrupal(superioridad del endogrupo). De acuerdo a resultados de estudio, retomamos algunos elementos explicativos del proceso que abre la tolerancia a la transgresión.

Ambientación de jungla versus legitimación de la dominancia endogrupal

La percepción de un ambiente hostil llevaría a la consideración de la competitividad como una actitud necesaria, que tolera (acorde con las creencias del autoritarismo) la motivación por la dominación y la superioridad del endogrupo. Altas puntuaciones en la dominancia social se relacionan con la percepción de un ambiente social muy hostil (una despiadada y competitiva jungla), y expresan una motivación por la dominación y superioridad por parte del endogrupo (Jost et al. 2009). De esta forma, la configuración de la dinámica bipartidista en los escenarios de acción del Ejecutivo, Legislativo y Judicial se muestra como ejemplo con cierta legitimación mediática conseguida.

Tolerancia a la transgresión en función de la dominancia individual y/o endogrupal estimada

Una mayor tendencia hacia la dominancia social supondría la permisividad de ciertos niveles y determinadas formas de transgresión, en el caso de que estos comportamientos tengan como meta el mantenimiento de la dominancia endogrupal. Tolerancia a la transgresión sobre la creencia de que el fin justifica los medios. Lo que daría explicación a la ubicación de la corrupción en esferas con capacidad de decisión y la proliferación de redes de confianza con la posible adscripción de individuos y grupos movidos por el afán de lucro o por el afán de poder político.

Utilitarismo de los contactos frente a las relaciones profesionales

La relación encontrada entre la dominancia y la tolerancia hacia el tráfico de influencias también resulta coherente con la utilización de los contactos personales en favor propio o de otros miembros del endogrupo (familia, amigos, allegados, etc.). El tráfico de influencias, supone que el endogrupo es, de manera simultánea, un medio y un fin en el logro de las metas particulares. En este sentido, el grupo de contactos personales es utilizado como medio para mantener el dominio sobre otros grupos y así favorecer una mayor dominancia de las personas más cercanas. Es decir, el número de cargos de libre designación pondría de manifiesto las prácticas de carácter utilitario para el logro de metas particulares (individuales o del endogrupo).

El uso del dinero como control

También resulta importante mencionar la relación observada por Rottenbacher y M. Schmitz (2012) entre la dominancia y la tolerancia hacia el uso del dinero o sobornos. El dinero utilizado como un medio para controlar el comportamiento de otras personas en beneficio propio y de alguna manera, asegurar la dominancia endogrupal.

La práctica corrupta, como señala Huber, promueve el uso incorrecto de fondos públicos y perjudica sobre todo a los pobres ya que promueve la desintegración y descomposición del tejido social y el sentimiento de comunidad. En esta perspectiva la corrupción quedaría definida como el abuso del poder público para la obtención de un beneficio privado (individual y/o grupal).

Finalmente podríamos decir que, el valor otorgado por el conservadurismo a la competitividad como regla de éxito para las sociedades contemporáneas, opera como cómplice necesario para la tolerancia selectiva de la transgresión en nuestra sociedad. La necesidad de dominancia social que promueve, puede ser utilizada y funcionar como incentivo pudiendo desarrollar una corrupción sistémica.

Cabría preguntarse entre otras cosas por los itinerarios de acceso a la toma de decisiones que existen en las instituciones (partidos, sindicatos, empresas, fundaciones, ministerios, tribunales…) que no supongan altas puntuaciones en dominancia social. Y también por la adscripción de la competitividad como valor social ¿compatible con una democracia sin corrupción?

Un saludo.

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